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Nuevas reglas

Comenzó a sonar el teléfono de la casa y me llegaron alrededor de 100 mensajes al celular. Al atender escuché una voz que escasas veces me llamaba. Al comenzar a hablar no entendía lo que decía. Aquella voz estaba sucumbida en llanto y nervios, así que traté de poner más atención y comencé a unir esas palabras entrecortadas por la tristeza. A los segundos ya había entendido, solo que no quería aceptarlo, o tal vez mi mente no lograba asimilarlo. Intentaba crear un mensaje distinto con aquellas palabras que formaban una frase desgarradora, pero no lo logré. ‘’Se lo llevaron detenido hoy al mediodía’’, era lo que esa voz me decía. No me lo creía. Cuando te dicen una noticia así no logras digerirlo, la realidad se transforma en una clase de ilusión. Por ende, comienzas a abrir tus redes, enciendes el televisor con la esperanza de ver algo. Resulta que todos hablan de eso. Así que buscas el teléfono nuevamente y decides marcar un número más familiar, buscando de alguna forma desmentir aquella noticia que se ha llevado tu aliento. Solo con atender y escuchar ese silencio que se ahoga en sollozos te es suficiente. No necesitas escuchar más.

Pasaron varios días antes de saber su ubicación real. No solo se llevan un cuerpo como si fuese cualquier objeto, sino que además lo desaparecen. Comienzan a hacer una simulación de juego con pistas, solo que esta vez el creador del juego imparte nuevas reglas. En esta partida todas las pistas serán falsas. Te harán creer una realidad que no existe para que tengas que volver al inicio reiteradas veces. Es injusto y comienzas a reclamar cada vez que sucede. Pero, ¿Cómo dejas de jugar? Las circunstancias no ponen en juego un par de billetes, sino la vida de un hijo, de un hermano. Por ende, aceptas las reglas y sigues lanzando los dados.

Luego terminas enterándote de que estuviste buscando en el tablero equivocado, resulta que durante varios días se lo llevaron a otro en donde el líder era aún más estricto. Lo transformaban en un peón más del juego. El dueño de las fichas era malvado. Las trataba como sus prisioneros, porque para él eso eran. Les rapaba el cabello, les cambiaba el atuendo vistiéndolos de un mismo color, les prohibía diversas cosas y las encerraba en una sala mugrienta. Su vista comenzaba a perder profundidad y ahora lo máximo que veían era alrededor de 2x3 metros cuadrados oscuros, con paredes viejas y desgastadas. Lo único que pueden oler, además del repulsivo aroma que desprenden sus cuerpos, es el de los demás. Luego de unos días comienzan a perder la noción del tiempo, ¿Cómo saben si es de día o de noche? Ni siquiera una ventana les dan. Pasan de dormir en su cuarto cómodamente a hacerlo en un suelo infectado de mil cosas. Ahora es él quien impondrá un horario en tu vida, pues hasta eso logra quitarte. Te ponen un día a la semana para ver a tus familiares y tú simplemente debes aceptarlo. No vas a dejar de ver a un hijo o a un hermano.

En un tiempo ya no solo es prisionero quien está dentro de aquella celda, sino todos sus allegados. No solo le arrebatan el sueño a quien detienen, sino a una madre y un padre desconsolado, un hermano que no halla la forma de entender aquél suceso. Pasas la noche pensando en cómo estará, en qué pensará. Y luego te detienes y tratas de entender a quienes se lo llevaron. ¿Acaso no sienten? ¿Qué piensan al llevarse esas miradas llenas de ilusión y fuerza? ¿Se sentirán victoriosos? ¿De qué? Ese acto tan injusto y criminal se vuelve una costumbre para ellos. ¿Será eso? No creo que haya algo más peligroso que la costumbre. No solo comenzarán a sentir ese acto atroz como una necesidad, sino que además dejarán de sentir. ¿De sentir? Sí. Se harán sordos ante los lamentos y los gritos a su alrededor que solo suplican la libertad de aquél joven. Se harán ciegos ante las lágrimas derramadas por aquella joven que solo reclamaba por sus derechos. Se olvidarán de que ese cuerpo que ahora se llevan secuestrado en una moto no es un peón más de su triste y solitario juego, sino una persona con sentimientos y sueños. Sin embargo, no es un juego que puedan ganar. Pueden llevarse muchos cuerpos junto a las lágrimas, los días, el desconsuelo inevitable, el sueño, el apetito e incluso la alegría, pero jamás podrán llevarse la fuerza, la ilusión, los ideales, la esperanza o la convicción que identifica cada cabeza y que tanto les aterra. ¿Por qué? Porque saben que efectivamente es esa la jugada que nunca dejará que ganen la partida.  



Vanessa Cirkovic.

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