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Adivina quién soy


Adivina quién soy



Nací hace muchos años y tuve una historia difícil y llena de batallas. Al principio fui secuestrada por una piel ajena, mucho más antigua que la mía, que no solo se adueñó de mí, sino que me sacó toda la sangre que pudo y arrancó cantidades de mis hermosos rizos dorados. Una de las células de aquella piel fue quien me descubrió, me investigó e incluso me acogió como una Piel de Gracia. Como observó lo mucho que tenía para brindarles y alimentarles se devolvió con el objetivo de ingeniar un plan maestro dentro de aquella piel poderosa y, sin dudarlo, apoderarse de mí y mis células por más de 200 años. Desde siempre estuve llena de rizos de oro y flores preciosas que cubrían mi melena. Con el pasar de los años mi alma fue aprendiendo y madurando. Se dio cuenta de lo sometida que me encontraba bajo las riendas de aquella piel ajena y mi interior comenzó a revelarse hasta que por fin pude escapar. Derramé mucha sangre y me fracturé alguno que otro hueso. Fue muy duro, pero como cualquiera, quería comenzar a ser independiente, sin necesitar de nadie más.  Y lo logré.

Después de un tiempo comenzó a aparecer en mí una especie de ente a quien comencé a llamar ‘’consciencia’’, ya que tenía entendido que ella me ayudaría a subsistir y a crecer cada vez más. Mi consciencia tendría el control de pautar lo que sería correcto y lo que no. Así como debía velar también porque esto se cumpliese. Algunas consciencias tuvieron más vidas que otras, la mayoría de ellas solo vivían entre 4 o 6 años. Sin embargo, había otras que duraban más, como una que lo hizo durante 30 años u otras que renacían y volvían a su puesto durante distintos períodos. Unas fueron más queridas que otras, e incluso hubo una que tuvo un gran impacto debido a que descubrió un componente muy poderoso en mí. Una especie de elemento negro que no todos los cuerpos poseían y que podía utilizarse para ganar alimento que me fortaleciera aún más. El problema con eso fue que no siempre se le dio una buena administración. En muchos casos, mi consciencia no supo aprovechar ese tesoro.

Tuve muchos momentos oscuros, pero también muchos años de logros y triunfos que me hicieron irradiar ante las demás pieles. Tanto así que hubo una época en donde muchas células de pieles extranjeras abandonaban la suya, ya decaída, para unirse a la mía fortalecida. Lloré muchas veces, pero nada lograba opacar mi alegría. Me sentía segura de mí misma y trabajaba duro para progresar y convertirme en un profesional. Sabía que podía hacerlo, pero de un tiempo para acá esto comenzó a desintegrarse. Me contagiaron una enfermedad muy poderosa y mortal.

Cuando me la diagnosticaron no era tan peligrosa, incluso podía pasar muchas veces desapercibida. Se trataba de un virus progresivo que tardaba en afectar, aunque efectivamente fuese hacerlo en unos años. Recuerdo que ya habían pasado alrededor de 10 a 14 años cuando comencé a notar algunos cambios duros. Muchos de mis rizos comenzaron a caerse, mis huesos comenzaron a deteriorarse, comencé a adelgazar y muchos de mis dientes se tornaron con un color amarillento. Muchas de mis células se asustaron y decidieron marcharse. Cada vez que una de ellas me abandonaba se llevaba consigo un litro de sangre de mi cuerpo. Muchas veces lloraba desconsoladamente al ver como se alejaban de mí. Me costaba entenderlo porque sabía que cada una de ellas me amaba y eran felices siendo parte de mí. De tanta sangre que perdí comencé a debilitarme mucho. Los que decidieron quedarse junto a mí comenzaron a pasar mucho trabajo e incluso dejó de alcanzarles la comida a muchos de ellos.


Fue difícil, pero comprendí que mi consciencia me había fallado. Descubrí que nunca me amó y dejó que me enfermara. Me alimentaba con veneno y restos de basura para empeorar mi situación tan delicada. Cuando vio que mi respiración comenzó a fallar, me arrojó gases para intoxicarme aún más. Cuando vio que mi vista se nublaba, me echó gotas ardientes que me siguieron quemaron. Cuando vio que mis oídos dejaron de funcionar, me acercó sonidos ensordecedores que me hicieron llorar. Cuando vio que mis piernas no daban más, me arrojó una piedra para tumbarme sin más. Justo ahí fue cuando comencé a perder mi horizonte y perdí el sentido de quién era en verdad. Pero eso no me detuvo y descifré que la respuesta no debía encontrarla esta vez en mi consciencia, sino en todas aquellas células de mi cuerpo que me seguían dando las fuerzas y trabajaban día a día para que lograra seguir de pie. Me comencé a demostrar a mí misma que esta vez no sería mi consciencia que me libraría de este mal.


Vanessa Cirkovic

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